miércoles, 2 de mayo de 2012

NUESTRA EXPERIENCIA

El pasado jueves día 26 de Abril, como ya anunciamos en una entrada anterior tuvimos la oportunidad de participar como ponentes y compartir nuestras experiencias en las II Jornadas de educación y familia. El balance de nuestra participación es satisfactorio en líneas generales, y es que cuando afloran los sentimientos es mucho más fácil contar como es nuestra forma de trabajar, aquí os dejo un cuento que refleja de manera muy sencilla cómo somos cómo trabajamos y cuál es nuestra experiencia
Pues veréis, que esta historia que quiero compartir con vosotros, sucedió no hace mucho, mucho tiempo, ni en un lugar muy lejano, sus protagonistas no son de ficción, ni poseen cualidades mágicas, lo cual quizás nos llevaría a pensar que este cuento puede ser un poco rollo, pero sin embargo a veces ocurre, cuando menos lo  esperamos aparece la magia, y es que como muchas veces les digo a los niños los duendes viven en los libros y en los cuentos.

Nuestra historia empieza hace algunos años, cuando dos maestros llamados José Luis Castaño y Rafael Pablos que trabajaban juntos en el mismo colegio compartían inquietudes relacionadas con la educación de sus alumnos. Estos maestros, apasionados de su trabajo, discutían (y aún creo que lo hacen) sobre cómo podían ellos inculcar a sus alumnos, el amor por la lectura con los consiguientes beneficios que éste hábito les aportaría. Después de darle muchas vueltas y pasar muchos desvelos, llegaron a la conclusión de que lo mejor sería realizar actividades con los muchachos que tuvieran un carácter lúdico para que tomasen la lectura no como una imposición, sino como algo divertido que les resultara agradable a la par que instructivo, así nació el taller de animación a la lectura, en él los chicos participaban de manera activa, bien leyendo, bailando, dibujando, recitando pequeñas poesías o trabalenguas… e incluso en ocasiones hacían representaciones teatrales.

Nuestros maestros se sentían contentos aunque nunca satisfechos del todo pero aún así veían que su esfuerzo daba fruto en forma de aulas llenas de chavales que contagiados por el entusiasmo participaban de manera activa en sus clases diarias, ya no sentían vergüenza por tener que leer o realizar representaciones teatrales en público, pues habían adquirido recursos para desenvolverse con suficiente soltura.

Pero el tiempo iba pasando y se acercaba la fecha de jubilación de nuestros protagonistas, así pues, como estos maestros quisieron que la actividad que ellos habían comenzado tuviera continuidad,  empezaron a pensar de qué manera podían ceder el testimonio; y como ya se sabe el dicho que más sabe el diablo por viejo que por diablo, yo no sé  si viejos lo que se dice muy viejos no es que sean  pero si que sabios eran un rato, además de un pelín  diablos y es que la diablura que se les ocurrió es que fuera un grupito pequeño muy pequeño de madres y padres, que compartían inquietudes y se sentían comprometidos con la educación de sus hijos, los que se hicieran  cargo del taller. Estas madres y padres no se sentían preparados académicamente para tamaña responsabilidad y desempeñar esta tarea, aunque poco a poco, con paciencia mucha paciencia por parte de José Luis y Rafael ( como buenos maestros), y mucho entusiasmo y ganas de aprender por parte de los padres, pudieron ir supliendo las carencias que tenían y adquirieron la seguridad suficiente, incluso para subir a un escenario y trasladar sus experiencias, que aunque temblando de nervios no se les notase casi nada. Este cuento tiene una pequeña particularidad, y es que no tiene un colorín colorado al uso como habitualmente acaban los cuentos y es que esta historia  aún no ha acabado, lo que si tiene o al menos yo así lo creo, es una moraleja o enseñanza, y me permitiréis compartir con vosotros; y es que cuando se realizan actividades como las que nosotros hacemos de repente casi sin esperarlo ocurren anécdotas improvisadas, el abrazo de un niño, un ¡¡¡¡tú si que vales!!!!  Coreado espontáneamente por una clase de preescolar o al caminar por el pasillo de un supermercado sorprenderme con una voz infantil que entusiasmado le dice a su madre ¡¡mira mamá la chica cuenta-cuentos!!! Estas vivencias son una pequeña muestra de las que guardo, que me han hecho crecer como persona y me hacen reflexionar, que los niños pagan con creces con su cariño el tiempo que les dedicamos, y que para mi es un honor formar parte de un recuerdo feliz infantil. Muchas gracias.

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